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BIO
Mi padre, Mamikon Ghulyan, era artista y escultor, pero, ante todo, diría que fue el mejor de los maestros de arte. Al compartir sus conocimientos y habilidades con cada niño que quería aprender, abrió de verdad las puertas del arte a las nuevas generaciones de artistas, escultores, diseñadores y arquitectos. De él aprendí los fundamentos: la línea, el color, la luz y la sombra, la proporción y la perspectiva, así como a sujetar correctamente pinceles y lápices, observar la naturaleza y apreciar la belleza, entre tantas otras cosas. A él le debo, en definitiva, el ánimo para elegir el espinoso camino del arte.
A los 14 años ya estudiaba en la Escuela de Dibujo de Dilijan, mi ciudad natal. Allí conocí a muchos de sus antiguos alumnos, que, ya titulados en Bellas Artes, enseñaban, creaban magníficas pinturas y organizaban exposiciones. ¡Qué comunidad tan sólida y llena de vida, y cuánto deseaba formar parte de ella!
Han pasado más de 30 años desde entonces. Tras completar mi máster en Arquitectura en 1987, llegué a amar por igual la arquitectura y el arte de la pintura. Un buen arquitecto también es un artista, y creo que todo artista necesita estudiar arquitectura. Así se entendía en la antigua Grecia y en Roma. Así quedó demostrado durante el Renacimiento. Hoy debería ser igual.
Ya esté trabajando sobre un lienzo con un pincel en la mano o diseñando un edificio en la pantalla del ordenador, la inspiración es lo que, en última instancia, distingue mi trabajo. Los conocimientos, la destreza y la experiencia son, sin duda, importantes, pero la inspiración es la esencia artística que me llega de la antigua Grecia; de Leonardo y Miguel Ángel; de Rembrandt, Monet y Degas; de Frank Lloyd Wright, Mies van der Rohe, Le Corbusier y Niemeyer; de mis maestros y colegas de Armenia; de mi padre; de las luces y las sombras, de los colores y los reflejos que me rodean y, por último, de los sonidos de la música. La siento, estoy vivo, soy artista.